Sin duda, a través de las nuevas redes sociales el lenguaje a sufrido diversos cambios, decir “amigo”, “te amo” o cualquier adjetivo calificativo ya no tiene el mismo estatuto que hace algunos años atrás. Indiscriminadamente, éstas como otras palabras se repiten a diario como adornos de un barroquismo innecesario que acompaña a distintos personajes a través de las redes sociales.
¿La percepción de dichas palabras es la que ha sufrido diversas modificaciones, o su utilización no tiene un proceso crítico bajo la base de que todo lo que se diga connota y genera una realidad?
Hace algunos años, dentro de mis primeras investigaciones en torno al lenguaje me topé con la repetida teoría del filósofo y lingüista, J. Austin, quien proponía que las palabras generan realidades. Si años tras años, variadas disciplinas han funcionado bajo esta lógica de adjudicarle este inmenso poder al lenguaje ¿Qué sucede actualmente con el empleo de la palabra? ¿Por qué no mantenemos aquella aura sagrada de lo que decimos y, no nos preocupamos de aquella riqueza metalingüística?
Breve estudio de campo
Tras un fugaz paneo por algunas redes, nos encontramos con una proliferación desmesurada de diversas grafías que resultan muy sospechosas. Al abrir la aplicación de instagram, me encuentro con tres imágenes tituladas: “comiendo con el mejor”, “con la más hermosa en roller”, “con los mejores”, ”with the best”, entre otras muy símiles a las anteriores. Estos sospechosos “estados” me hacen pensar que el usuario que titula así sus fotografías tiene un excelente grupo de amigos, en que se rodea de los mejores seres humanos del mundo, o que definitivamente la bajada de aquella imagen sólo se transforma en una chapa repetida y estandarizada por el medio. Sin duda, esta segunda opción es la que aquí estamos barajando, en que usuarios de plataformas como facebook o instagram develan una angustiante necesidad por decir (lo que sería extremadamente satisfactorio para una sociedad pluralista y democrática como la que pretendemos vivir), pero justamente ese decir, no posee un filtro ni mucho menos un criterio.
Diariamente, vemos como millones de usuarios dicen, o más bien, repiten frases que se encuentran totalmente depotensiadas, donde me imagino que la necesidad de comunicación se aleja bastante del dialogo en si mismo y, se acerca mucho más, a una necesidad de generar lazos donde la experiencia física cada día se ve más agotada.
Paralelamente a este ejemplo cotidiano ocurrido en las redes sociales, también podemos encontrar un agotamiento del lenguaje específico en áreas académicas como en los estudios de género, feminismo, Queer o la contra cultura, los cuales han caído en similares lógicas reduccionistas. Por ejemplo; Carlos Monsiváis en México, Pedro Lemebel en Chile, Severo Sarduy en Cuba o, Nestor Perlongher en Argentina han generado una prosa y retórica característica de sus subjetividades, baste como muestra acceder a sus libros, y uno podría percatarse de que cada palabra o concepto fijado tenía una reflexión mayor. Actualmente, la retórica de estos escritores y militantes de la palabra ha sido sobreutilizada, donde la declamación escritural o fonética se ha tornado repetitiva al igual que cualquier hecho inserto bajo una lógica del mercado, que con el sólo hecho de ser emitida es consumida y tranzada. Es por ello, que al hojear algunos escritos de jóvenes “promesas” de estos movimientos, no encontramos más que la repetición nulamente deglutida, amparada en un efectismo bajo estándares ya probados.
La desaparecida escritora Claudia Donoso, analizando la fotografía de los años 80 en Chile, proponía que a través de ésta se experienciaba un agotamiento transversal del ojo, en que las fotografías de detenidos desaparecidos, pacos apaleando a civiles o madres en ollas comunes no aportaban más que en una lógica reduccionista en torno al mensaje ahí tratado. Este lúcido ejemplo, propuesto por Donoso, se ha transformado en una tónica transversal de la sociedad, donde el lenguaje, la imagen o la experiencia que vivimos actualmente ha decantado en repeticiones y agotamientos, por lo que la sospecha, resulta la posición más cómoda frente a tal panorama. Si lleváramos dicha duda, como un estandarte frente al consumo de cualquier signo (escritura, imagen, audio, etc.) me imagino que la capacidad de generar también materiales con contenido cambiaría. Las excesivas imágenes de platos de comida en que constatan las acciones de las personas en Instagram, o los estados de enojo o felicidad en Facebook disminuirían considerablemente, generando recuadros vacíos por llenar o posiblemente una mayor pero consistente diversidad.
Publicado en: http://contintanegra.com/la-sospecha-como-la-actitud-mas-venidera/